La Navidad es el tiempo de celebrar la venida de Jesús, el Hijo de Dios. Su venida mesiánica es una etapa decisiva en el historial del Reino y un acercamiento capital del advenimiento de Dios.
Jesús es un hombre perfecto que nace, vive y muere siguiendo el destino de todos los humanos. Sin embargo, en él, embargándolo en plenitud, el Espíritu divino, que desde el principio está posando y ondea sobre toda criatura, habita en el fondo de su ser de modo radical. es algo que se va revelando a lo largo de su vida y sobre todo a la hora de su muerte, cuando ese espíritu poderoso le resucita entre los muertos manifestándole como Hijo unigénito de Dios.
Se denomina al nacimiento de Jesús con el término encarnación. Efectivamente, la vida de Jesús muestra que la Palabra de Dios se hizo carne y acamó entre nosotros; muestra que Dios y su Palabra no son realidades de otro mundo lejano, sino presencia y compañía entre los hombres. Por tanto, la encarnación no se debe entender místicamente, como la aparición de un ser celeste que se pasea sobre la tierra, dando buenos ejemplos, para marcharse al poco, otra vez; ni como el maridaje extraño de un dios con un hombre en el que aquél se mete de rondón en éste para divinizarlo y despejarlo de su humanidad.
La encarnación es esa irrupción en el hombre concreto, Jesús, del Espíritu de Dios presente en el fondo de todo, arraigado en el árbol genealógico de toda la historia humana, irrupción que significa un nuevo, absoluto arraigamiento y una manifestación nueva, última, única, gracias a la cual ese hombre, siendo absolutamente hombre, es a la vez Hijo unigénito de Dios.
NAVIDAD DEL SEÑOR
Evangelio Lc 2, 1-14
La señal para reconocer a Cristo es precisamente su situación de pobreza. La Iglesia no podrá ser reconocida como cuerpo de Cristo sino cuando deje su actitud suntuosa y vuelva a su nativo estado de pobreza. Solamente así será discernida por los "pastores", por el pueblo auténtico.
LA SAGRADA FAMILIA DE JESÚS, MARÍA Y JOSÉ
La familia es una realidad cardinal en la vida y a la vez una paradoja. Junto a la familia nos encontramos hoy su impugnación y "contestación". Cristo asume y acepta la realidad familiar, comulga con ella, pero a la vez pone en cuestión muy radicalmente.
La providencia de Dios no garantiza a su Iglesia una protección milagrosa contras los inevitables ataques de los poderosos humanos. La Iglesia deberá aceptar esta cruz de la persecución y de la incomprensión y compartirla alegremente con todas las víctimas de las tiranías humanas.
SOLEMNIDAD DE LA EPIFANÍA DEL SEÑOR
Evangelio Mt 2,1-12
La epifanía es la fiesta de la revelación, de la manifestación. Nuestra vida está grávida de revelaciones. Pero no se trata de visiones, de apariciones sensacionalistas. En el lenguaje simbólico de la Biblia se trata de una estrella, de una luz, de un resplandor; es decir, de una manifestación indirecta de Dios, oblicua y sesgada, que pasa a través de lo común, de lo ordinario y aun de lo vulgar de nuestra existencia.
BAUTISMO DEL SEÑOR
Evangelio Mt 3, 13-17
Jesús ha venido con agua y con sangre; bautismo y muerte por nosotros. La Iglesia, a ejemplo del Señor, no puede encerrarse en sí misma, sino que tiene que medir sus fuerzas con el "mundo", para ofrecerle la libertad de los hijos de Dios. Bautismo y Eucaristía, muerte y resurrección, en la fe y en el amor a los hombres



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